La Calidad en la Educación a Distancia

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No obstante el concepto de calidad es eminentemente subjetivo, puesto que uno puede atribuirle calidad a lo que es objeto de sus gustos y preferencias, y no tener calidad a lo que no lo es, la educación a distancia puede calificarse de calidad o no de calidad.

Debido al estado de emergencia, muchas instituciones educativas del mundo se han visto forzadas a optar por una modalidad de enseñanza para lo cual no estaban preparadas.

Lo peor de todo es que han forzado a sus docentes a ejercer su profesión por medio de plataformas virtuales a las cuales no estaban acostumbrados, así como a impartir clases por estas plataformas y por medio de otros sistemas digitales a los cuales les daban usos distintos a los de la enseñanza.

Se ha pretendido trasladar la presencialidad a la no presencialidad, es decir, horarios en los cuales conectarse a fin de recibir una clase, realizar tareas mediante el uso de entrega de archivos dejados en la plataforma, evaluaciones en línea, entre otros aspectos que, de manera forzada, se han incorporado de manera imperante en plataformas virtuales de enseñanza.

Si se revisa la historia de la educación a distancia, en la cual Caleb, el padre de la educación a distancia enviaba sus clases de ortografía a manuscrito y por medio de correo, una de las características de esta modalidad es que el texto autoinstructivo es el docente, además que el estudiante tiene plena libertad de escoger el lugar y el momento que estime conveniente para dedicarlo al estudio de su material autoinstructivo.

Hace años la educación a distancia era la más costosa, y hay quienes ignoran que contabilidad, electrónica y motores también podían ser impartidos bajo esta modalidad, con el envío de los materiales pertinentes. Las lecciones eran especialmente preparadas, a fin de que por medio de estas los participantes adquieran el conocimiento. Cuando el participante –que es la forma apropiada de llamar al estudiante en la educación a distancia- tenía dudas o quería aclaraciones, entraba en contacto con el centro de estudios y recibía la debida orientación por medio de algún tutor.

Por mi parte, alrededor del año 2002, en donde ya los costos de alquiler de Internet y computadora públicos habían descendido de 5 nuevos soles a 2.50 nuevos soles por hora, en el Perú, ya había tomado cuatro importantes cursos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Posteriormente, aprendí a distancia Ms-Word, Ms-Power Point, Ms-Excel y Ms-Access, por medio de los tutoriales que existían de forma gratuita. Más aún, aprendí a leer música y posteriormente a tocar piano a dos manos leyendo partituras, por medio de tutoriales de la Internet. Jamás tuve un tutor en línea, puesto que ni siquiera existían para cada uno de los cursos que hube tomado a través de tutoriales en línea. Incluso, rendí examen para obtener los certificados correspondientes, sobre todo en el caso de los cursos del BID. Una anécdota curiosa con respecto a estos cursos del BID: desaparecieron, y ni siquiera existe rastro ni copias de cada una de sus excelentes lecciones, las cuales, posteriormente cuando me desempeñaba de catedrático, me sirvieron para ser todo un experto en gestión de indicadores, disciplina que muchos consideran de elevado grado de dificultad.

Cuando ya estaba tomando clases de maestría y de segunda especialidad en dos universidades de mi país, aprendí, me perfeccioné y desarrollé investigaciones científicas con respecto a la educación a distancia, y como ya tenía experiencia exitosa con ella, con el apoyo de la Pontificia Universidad Católica del Perú, creé mi empresa de capacitación a distancia Redes Educativas a Distancia del Mundo, con marca registrada Red-Mundo.

La educación virtual era una forma de presentación de la educación a distancia, por lo que adquirí una plataforma –en ese tiempo, Moodle- para impartir clases. Tuve la oportunidad de ser el Director Académico un año en un respetable colegio de Huánuco, y me encargaba de proveer a la plataforma virtual de todos sus componentes para que pudieran ser usados en el proceso de enseñanza-aprendizaje, pero a modo de acompañamiento a la educación presencial.

Para el caso de Red-Mundo, adquirí dominio, hosting y plataforma Moodle para impartir clases a distancia a mis clientes. Lo malo de este tipo de submodalidad, es decir, educación virtual, es que todo un detallado y minuciosamente desarrollado material de enseñanza-aprendizaje puede perderse por completo, si es que uno no continúa haciendo los pagos anuales correspondientes en el dominio. Además, los participantes todos tenían que contar con computadora, mejor aún, personal o laptop, ya que en esa época era imposible siquiera pensar que existieran medios digitales y tablets que podían ser también usados.

Más adelante, ya no usaba plataformas virtuales de enseñanza, sino envíos de material autoinstructivo, los cuales estaban compuestos de (a) texto autoinstructivo, (b) textos complementarios, (c) videos de youtube y (d) audios. Los textos complementarios podían ser también diapositivas de power point. Y no solo laboraba para mi empresa Red-Mundo, sino para otras instituciones educativas –incluyendo universidades- que contrataban mis servicios de elaboración de textos autoinstructivos.

Siempre el texto autoinstructivo es el rey, ya que uno lo puede ver a través de su computadora, laptop, Tablet o medio digital; por otro lado, puede imprimirse por completo o parcialmente, y llevarse esto a donde se estime conveniente. No requiere electricidad, conexión a internet, ni el uso de algún medio digital o computacional. Uno rápidamente puede ir a la página que desee leer, releer o dedicar estudio. Cosa muy dificultosa con los videos, y estos tienen la desventaja de no poder ser llevados a todo lugar, y si uno quiere volver a un punto en donde se encuentre el desarrollo de algún tema de interés, tendría que tantear hasta llegar hasta la parte buscada. Descargar un video requiere espacio computacional y una localización en los archivos que permitan ser ubicados con facilidad, cosa que no siempre es posible y terminan siendo olvidados o desechados al no habérseles dado una denominación que los permita ser fácilmente encontrados, inclusive, sin saber en cuál computadora o lugar se encuentran almacenados, si uno posee varias. En pocas palabras, los videos no son eficientes, pero se reconoce que son una manera muy práctica de aprender. Mediante un video se puede aprender uno de los usos del Excel, una clase de cocina, etc. Pero se requiere tener una muy buena memoria, en caso de querer repasarlos, de donde se encuentran localizados en la Internet; o peor aún, en otro momento, ya no se encuentran, es decir, desaparecieron por completo, a menos que uno los hubiera descargado o almacenado en algún dispositivo computacional o digital de uso personal.

El asunto es que un texto autoinstructivo siempre es superior a un video autoinstructivo, siempre que haya sido correctamente desarrollado. Un texto autoinstructivo no es un libro cualquiera, sino un texto especialmente diseñado para el autoaprendizaje. Y son muy pocos en el mundo los que pueden desarrollarlos, porque se requiere como insumo una redacción basada en una ortografía y gramática perfectas –perfectas, perfectas, perfectas- y tener profundos conocimientos de educación, sobre todo, a distancia –no de educación presencial-, debido a que los elementos de la educación no son los mismos que los elementos de la educación a distancia, no obstante esta se presente como modalidad de la educación. Aquí reside el problema.

Cuando estudiaba a distancia mi segunda especialidad en la PUCP, me sorprendía que no se predicaba con el ejemplo. Se instaba a estudiar lo que era la educación a distancia, pero los profesores ponían plazos, horarios y calificaban como si se tratase de la educación presencial, es decir, ponían calificaciones luego de una “evaluación”, cuando en la educación a distancia: esto es imposible. Ya que si se exhorta a la presentación de algún trabajo, el tutor lo revisa y lo devuelve con las observaciones, a fin de que el participante lo mejore, y así, incluso, de ser el caso, sucesivamente. Por eso, no cabe extrañar que las calificaciones de los participantes comúnmente sean elevadas, ya que el tutor desarrolla una retroalimentación que permite al participante tener éxito en su aprendizaje. Si el sistema es vigesimal, el tutor busca que sus participantes obtengan 20 de calificación, dándole el apoyo correspondiente. Esto es imposible siquiera pensar en la educación presencial.

Por tanto, la educación a distancia, realmente, no requiere de ningún profesor. Esto tiene que quedar bien en claro. Y la figura de un tutor es la de un maestro que busca llevar al éxito a su participante; se debe recordar que no existen estudiantes en la educación a distancia, sino participantes, porque la educación a distancia no es para agobiar sino para facilitar el aprendizaje. Y el participante debe elegir el momento y lugar adecuado que estime conveniente para poder estudiar su material autoinstructivo y realizar la entrega de las tareas y evaluaciones correspondientes.

Con este estado de emergencia, la educación a distancia se encuentra prostituida. Ya que, para mantener la plantilla laboral, especialmente de docentes, se los ha incluido de modo que estos imparten en plataformas en un rígido horario, usando cámaras de video y ejerciendo una descontrolada presión en los estudiantes, los cuales, obviamente, en su gran mayoría, terminan abandonando los estudios, no sin antes declarar que la modalidad a distancia es un fracaso, cuando en realidad, el fracaso es de la institución educativa que no ha preparado a sus profesores para convertirlos en tutores. Y estos, a su vez, no han tenido el mínimo interés siquiera de esforzarse en investigar lo correspondiente para ejercer debidamente sus funciones.

Particularmente, en el año 2020, confiado en que podía obtener calidad en la enseñanza, tomé un curso de maestría en investigación científica, a distancia, en una universidad del Perú, y realmente fue todo un fiasco: teníamos que conectarnos en un horario rígido, hacer grupos de trabajo con gente totalmente desconocida, desarrollar trabajos y exponerlos mediante la plataforma, etc. Parecía que el profesor, haciendo gala de suprema ignorancia, quería que se desarrollase la clase a modo de una clase normal presencial. Lo peor de todo, tal vez para abaratar costos debido a la situación de emergencia, no existía garantía de que los “maestros” realmente fueran de calidad, ya que, como investigador científico que soy, sabían menos que yo, y lo poco o casi nada que sabían lo impartían como clases. Terrible. Si en una maestría en investigación científica, la única del país, las clases eran deprimentes y decadentes, debemos imaginar aquellas universidades que enseñan esta disciplina a sus tesistas, motivo por el cual se comprende porque estos salen a buscar ayuda externa para el desarrollo de sus tesis. Si ya de por sí la forma en que se hace uso de la modalidad es completamente deficiente, peor aún son aquellas universidades que contratan profesores que rebajan sus honorarios para tener una fuente de empleo e ingresos, con limitaciones de conocimiento en el tema que han de impartir –esto es completamente cierto, ya que las universidades particulares son empresas privadas cuya finalidad básica es el lucro-, al menos en el Perú, la educación a distancia en este estado de emergencia es un rotundo fracaso: urge especialistas.

En las plataformas virtuales puede advertirse hasta jocosas situaciones del docente y estudiante. Se pueden escuchar ladridos de perros, niños haciendo bulla, conversaciones privadas, etc., la manera en que se expresan los docentes, con enorme carencia de propiedad –recuerdo a una doctora que se “jamoneaba” de sus logros y se expresaba como una vulgar plazera, no obstante se suponía que era la especialista que iba a enseñarnos a desarrollar instrumentos de investigación; lo cual jamás hizo, porque decía que teníamos que “copiarnos” estos instrumentos de algún artículo o tesis ya realizados, etc.-, y por otro lado los estudiantes, muchos de ellos gente profesional y de respeto, pero que no se expresaban acorde a su nivel, porque también sacaban a relucir faltas de ortografía en sus presentaciones como falta de propiedad en su expresiones orales. Se entiende que existen modismos locales y regionales mediante los cuales se expresan muchas personas, pero el profesional debe expresarse haciendo gala de tal, siempre y en todo momento, más aún, en estas plataformas virtuales que graban las clases y las dejan como tristes recuerdos. Le hubiera sido más barato a la universidad -y acaso con mayor calidad y efectividad- haber contratado especialistas en realización de textos autoinstructivos y tutores para impartir las clases, que exhibir tanta desvergüenza y decadencia.

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